Qué responder cuando te dicen facha: un análisis del término, su uso y sus ambigüedades

El término facha aparece como un comodín verbal para descalificar a personas con ideas de derechas o, más recientemente, incluso de izquierdas. Facha es el comodín del que se tira en cuanto se quiere concluir una discusión por la vía rápida, el ataque más duro que se puede dirigir contra alguien que defienda ideas de derechas o, más recientemente, incluso de izquierdas. Es la bala dialéctica que se dispara a las primeras de cambio en cualquier conversación política, social e incluso deportiva.

El diccionario de la Real Academia Española recoge facha como la forma despectiva y coloquial para definir a un fascista, con la segunda acepción: “De ideología política reaccionaria”. El adjetivo ya se empezó a utilizar en España antes de la Guerra Civil, pero fue sobre todo durante el franquismo y, más aún, en la Transición, cuando se recurrió a él para definir a alguien de derechas, católico y de talante poco o nada democrático. Era la forma abreviada de referirse a los franquistas, a los nostálgicos del dictador o a los falangistas.

Origen, historia y evolución del término

La palabra encontró una nueva vida con la llegada de las redes sociales y, más aún, a raíz del 1 de octubre en Cataluña. A partir de esa fecha el uso del término facha se estiró como un chicle y, además de a cualquiera de ideología conservadora o de derechas, se metió en el mismo saco a todos los que no comulgaban con los movimientos independentistas. Era un silogismo de libro: si alguien está en contra de la independencia es que está a favor de la unidad de España, luego es un facha.

El imaginario colectivo incluye fachas para dar y tomar: Torrente, por ejemplo, sería un facha despreciable, y Martínez el Facha, personaje de El Jueves creado en 1977 por Kim, perfiló el estereotipo del buen facha. La socióloga Belén Barreiro defiende que el significado del término es tan variable como el número de personas que lo utilicen: “Los usos sociales de las palabras a veces no se corresponden con su significado histórico”.

El uso y abuso del adjetivo se atribuye a la cada vez mayor polarización del sistema político: “En el momento en el que hay partidos situados en posiciones menos centristas eso probablemente incentiva el uso de este tipo de palabras”.

Perspectivas de líderes y analistas sobre el término

Más claro lo ve el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, quien en un mitin celebrado a principios de diciembre se lamentó de que “ahora resulta que los que queremos ser españoles en Cataluña somos fachas”. Rivera es uno de los políticos que, en los últimos años, más ha sido acusado de fascista y, como evolución cualitativa, de facha. Una mera búsqueda en Google ofrece un resultado sin réplica: el criterio “Albert Rivera” + “Facha” arroja 40.000 resultados. El presidente de Ciudadanos se ve a años luz de de ser facha, que lo acota a “ser nacionalista e intentar imponer una identidad única”.

Para él, ser facha sería incompatible con la idea de ser español plenamente. El presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, desarrolla las palabras de Iceta y, como casi siempre, aporta su particular punto de vista. Para Revilla, ser facha en 2018 es ser "un retrógrado" y “pensar que el mundo no ha evolucionado y sigues anclado en ideas totalitarias, de ordeno y mando”. A Revilla le sorprende que en pleno siglo XXI todavía “haya gente por ahí que piensa que Hitler, Mussolini y Franco eran unos fenómenos. Eso es ser facha”.

Alberto Garzón, líder de IU, señala que “una de las características fundamentales del facha” es “una gran nostalgia por un sistema autoritario y fascista como era el franquismo”. Para él, en España eso suele significar un anhelo por regresar a un Estado autoritario y centralizado. En la recolección de opiniones también aparece Santiago Abascal, líder de VOX, quien define en contraposición a la idea de progre o rojo: “Facha es todo lo que no es progre. Todo lo que no es de izquierdas”.

El propio Pablo Iglesias describe facha como “alguien que mantiene posturas enormemente conservadoras y posturas de extrema derecha”, y añade que “ser facha es una manera muy particular de ser muy de derechas en España”. También señala que “no toda la gente de derechas es facha”. Belén Barreiro y Marta Flich coinciden en que hay una sobreabundancia del término en los últimos meses y que se utiliza “con demasiada ligereza”.

La ética y el discurso detrás de la etiqueta

Muñoz Molina apunta que “facha es una palabra inútil, una palabra gastada” y que su uso tras el 1-O en Cataluña provoca estupor: “Es una palabra muy seria. Llamar a alguien facha o fascista porque no esté de acuerdo con tu idea de la independencia inmediata de Cataluña es un poco ridículo. Es una palabra vacía ya”. Barreiro añade que en Cataluña el uso del término es más delicado porque “no necesariamente tiene que ver con la ideología, sino con la cuestión territorial”.

El cantante Serrat ha sido tildado de facha por no estar a favor de la independencia de Cataluña pese a su ideología progresista, ejemplificando la contradicción de la que habla Barreiro: “Facha no es algo que yo me sienta ni que sea compartido”. Marta Flich agrega que “Ser fascista es lo peor” y Baltasar Garzón subraya que el fascismo implica desprecio hacia la democracia, intolerancia y métodos autoritarios.

Qué podemos responder en una conversación cuando alguien usa “facha”

La clave para responder adecuadamente, sin perder la claridad ni la exactitud, es evitar afirmaciones no respaldadas por el material original y centrar la discusión en el uso del término y su contexto histórico. Las respuestas pueden apuntar a:

  • Recordar que facha se refiere históricamente a alguien con ideología reaccionaria y que el término ha evolucionado en su uso social y político.
  • Señalar que el empleo del adjetivo depende del interlocutor y del contexto, y que puede expresar polarización o crítica deliberada.
  • Distinción entre ideologías y etiquetas: no toda persona de derechas es facha, y no toda persona que se opone a la independencia es necesariamente antifascista.
diagrama de evolución del término facha

En debates sensibles, conviene centrar la conversación en ideas y hechos, no en descalificaciones colectivas. “Facha” funciona como una etiqueta que facilita concluir una discusión sin argumentos, pero un diálogo informado requiere precisar qué se entiende por “ideología reaccionaria” y en qué contexto se aplica la etiqueta.

Influencia del lenguaje en la política y la sociedad

La izquierda quiere ganar la batalla del lenguaje. Explicamos de dónde viene y adónde va un termino añejo que ha vuelto para quedarse. Después del debate de los candidatos a la presidencia del Gobierno y los posteriores comentarios sobre los dos bloques, después también de los últimos mítines en los que la izquierda ahonda en unir a las “tres derechas” como si fueran una sola y apelar al voto del miedo al fascismo, después de que Pedro Sánchez intentara sacar rédito de la exhumación de Franco, la palabra “facha” ha vuelto al vocabulario de la calle para señalar todo aquello que no se corresponde con el ideario socialista.

Conviene recordar el origen del término: “Facha” deriva de la pronunciación de las italianas «fascio» y «fascista». Su uso no nace del fascismo en su propaganda, sino de la propaganda comunista, vinculando al concepto político con la idea de alguien con mal aspecto o un “mamarracho, adefesio”, como indica la RAE. Esta acepción presupone el fascismo como reacción frente al resto de ideologías, incluido el comunismo y el nacionalismo.

La irrupción de los populismos de derechas ha resucitado la palabra “fascista”, y la izquierda ha ampliado su uso como etiqueta para señalar a quienes se oponen a su visión. Autores como Madeleine Albright o Mark Bray han contribuido con obras que identifican a la etiqueta con una crítica a la oposición a la utopía izquierdista. En este marco, la etiqueta puede funcionar como herramienta retórica para legitimar posturas y demonizar a la oposición.

evolución del uso de facha en el siglo XXI

En resumen, “facha” es una etiqueta cargada de historia y de carga emocional. Su significado varía según quien la use y contra quién se dirija, y su valor como argumento es limitado cuando se utiliza para evitar el análisis de ideas y políticas concretas. La conversación informada debe distinguir entre la crítica legítima y la descalificación verbal, manteniendo el foco en argumentos y hechos verificables.

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