La larguísima carrera de James Stewart dejó toda clase de papeles memorables. 09 oct 2024. No era fácil en el antiguo Hollywood -ni lo es en el moderno- convertirse en una superestrella de primer orden sin tener el don innato de las facciones angelicales.
La ecuación era muy sencilla. Los guapos, protagonistas. Los feos y los de en medio, con suerte, secundarios. Pero, de vez en cuando (muy de vez en cuando) aparece una figura tan particular, tan distinta a todo, que consigue hacerse su fortín entre las cámaras a pesar de no tener un rostro esculpido en mármol.
El muchacho corriente que conquistó al público
El caso más clamoroso de la historia, probablemente, el de James Stewart. El tipo corriente por excelencia. Cráneo ovalado, sonrisa tontorrona y andares desgarbados de jirafa huesuda. Y, sin embargo, conexión con el público inmediata. Aún hoy, con el correr de las décadas, es extrañamente complicado definir sobre el papel las razones por las que este señor era tan, tan especial.
Por qué es él, él y no ningún otro, el muchacho perfecto para andar entre la nieve en una noche fría de diciembre gritando a todo el mundo en el remoto pueblo de Bedford Falls: «¡Feliz Navidad!
El cine se nutre de las fantasías. Pueden ser estas nociones lejanísimas de las cosas que, se sabe, no se vivirán jamás. Como cuando vemos a Gary Cooper cabalgando por la India vestido de lancero bengalí. Y nos entusiasmamos por un rato como si, también nosotros, fuéramos un poco lanceros del Bengal. Pero se encienden luego las luces y aparece el The End y volvemos a lo nuestro. A la existencia normal y cómoda.
Por eso, para no nadar tampoco en un mar de frustraciones, necesitamos todos echar también mano de las otras fantasías. Las pequeñitas. Las asequibles e incluso creíbles. Quizás esta línea de razonamiento permite explicar por qué no solo pueden, si no que deben, coexistir Gary Cooper y James Stewart. O Errol Flynn y James Stewart.
Un ascenso abrupto y una personalidad única
Fue una ascensión abrupta. De repente le cayeron del cielo trabajos con los más grandes. Y los enamoraba a todos. Porque, siempre se dijo, era la persona más educada, no ya de todo Hollywood, sino probablemente de toda California y hasta de todos los Estados Unidos.
En 1939 hizo su primera película con Frank Capra, un arquitecto del idealismo. Un predicador de las bondades humanas que, encontrando su especialidad en infundir valor y esperanza a los tipos corrientes, hizo de James Stewart (el más corriente de todos los tipos) su paladín de las causas justas y perdidas.
HUMILDE Y QUIJOTESCO
Para allá acude pensando que está poniendo rumbo a la Meca de la democracia. Se encuentra, no obstante, con un nido de víboras corruptas y pajarracos asalvajados. Como en casi todas las obras del kaprismo, el individuo humilde y quijotesco ve puestas a prueba sus más íntimas convicciones. Es tentado a caer en las redes de la avaricia y la mezquindad. Zancadilleado por sus propios congéneres y señalado como un loco. Pero al final, efectivamente como un loco, pero como un loco enorme e incontestable, consigue ponerse en pie y defender las verdades olvidadas. Zarandear a la vez las entrañas y los corazones y la cabeza de los que le rodean.
Pero cuidado con Stewart. No hay que confundir su amabilidad con la simpleza o la planicie. Tan solo un año después, en 1940, a punto estuvo de robarle la chica al Cary Grant de Historias de Philadelphia (aunque al final la Hepburn tiró al monte). Se reveló entonces el actor no solo como un socarrón bienintencionado, sino también como un activo valiosísimo en las comedias románticas. Ahí está El bazar de las sorpresas, de Ernst Lubitsch. Y, por cierto, hablando de comedias de enredo que terminan en beso, imposible no mencionar y reivindicar un título infravaloradísimo. Me enamoré de una bruja, en la que un James Stewart ya talludo se ve sometido a los designios caprichosos de la magia de Kim Novak.
Una sinopsis que, en realidad, también valdría para el Vértigo de Hitchcock, que durante años fue considerada por el American Film Institute la mejor película de la historia. Sobre esto último no sé yo qué decir.
Colaboraciones y madurez artística
NI CASO A GRACE KELLY
Con el maestro del suspense rodó un ramillete de películas que lo ayudaron a salir del encasillamiento y mostrar su lado más intrigoso y oscuro. En La soga y, sobre todo, en La ventana indiscreta, en la que no hacía ni caso a la pobre Grace Kelly.
Pero es que en aquel bloque de edificios pasaba algo raro. Siguiendo este tour de colaboraciones históricas entre James Stewart y los más grandes nombres de la regiduría, si miran a su derecha verán a un señor llamado Anthony Mann. Con él completó una pentalogía perfecta que es y será siempre una de las cimas del wéstern. Con Rock Hudson, Horizontes lejanos. Con Walter Brennan, Tierras lejanas (conste que esta cacofonía es cosa de los traductores). Con Janet Leigh, Colorado Jim. Con Arthur Kennedy, El hombre de Laramie. Y con Shelley Winters, Winchester 73. Y no se puede hablar de vaqueros sin mencionar a don John Ford. Con él hizo una de sus (muchas) obras totales. El hombre que mató a Liberty Valance, vivisección de los mitos fundacionales de un país demasiado propenso a la megalomanía y -lo que es peor- a la mitomanía.
Iconoclasta y mordaz, pero a la vez humana y esperanzada. Todo lo que fue y todo lo que representó, vamos, aquel hombre sencillo y nada plano que brotó un día de un pueblo de Pennsylvania.
Vida privada y legado
TRANQUILO Y FIEL A pesar de haber vivido en el Hollywood de la purpurina, el libertinaje y la farándula, Stewart se destacó, también en su vida privada, como alguien tranquilo y fiel a su corazón. En 1949 se casó con Gloria Hattrick. Mujer de carácter fuerte que, además, estaba divorciada y llegaba a su nuevo matrimonio con dos hijos. Algo que los más mojigatos de la época consideraron desvergonzado y escandaloso. Pero Stewart, hombre indudablemente sentimental, no tenía demasiado oído para el graznar de las urracas. Él y Gloria -que pasó a llamarse Gloria Stewart- permanecieron juntos hasta la muerte de ella en 1994. Tan solo tres años después, le llegaba el turno a James, que contaba 89 veranos recién cumplidos. Se iba dejando un reguero que, todavía hoy, está repleto de vivos colores y enseñanzas que hacen falta.
James Maitland Stewart, llamado coloquialmente Jimmy Stewart especialmente en Estados Unidos, fue un prolífico actor de cine, teatro y televisión estadounidense ganador dos veces del premio Óscar. Durante el transcurso de su carrera actuó en varias películas consideradas clásicos y fue nominado cinco veces al premio Óscar, ganando una vez en competencia y recibiendo uno honorífico por su trayectoria. También recibió un premio Cecil B. DeMille por su trayectoria, pero después ganaría el Globo de Oro como mejor actor de televisión - Drama.

de recibir su amable carta. Pensilvania. Pittsburgh. los indios en los montes Allegheny. Guerra de la Independencia, y otros más cercanos en la Guerra Civil. ejemplo, su abuelo James M. batallas de Winchester, Fisher's Hill y Cedar Creek. abuelo, el coronel Samuel M. buscar modelos de convicción e intensa fe religiosa. los servicios. padre de Jimmy a la hora de elegir compañera. de 1906. Virginia Kelly Stewart el 29 de octubre de 1914. una placa conmemorativa- a la sección de Vinegar Hill de Indiana. la N. chico-de-la-puerta-de-al lado respecto a su más famoso ocupante. pocos hombres podían aspirar a ir a la universidad. de Alex hasta que el padre compró su parte al tío. Big Warehouse, El Gran Almacén, la tienda pasó a llamarse J. M. Co. hasta que fue vendida en 1968. (B204). estilo de vida muy cómodo que incluyó escuelas privadas para sus hijos. señalan a un no-Capresco James Stewart. antes que él. en las estribaciones de los Allegheny» (B426).
Hoy en día, la casa de North Roxbury Drive, Beverly Hills, donde vivió durante medio siglo, sale al mercado por casi 48 millones de dólares. Una propiedad que ha sido escenario de historias y que simboliza la milla de oro de Hollywood. La mansión, de enormes dimensiones, cuenta con ocho dormitorios, once cuartos de baño, cine en casa, sauna, gimnasio y una bodega para unas 1.000 botellas. El vestíbulo de mármol y la biblioteca con techos artesonados son solo una muestra de su esplendor.

La vida personal de Stewart también quedó marcada por la Segunda Guerra Mundial, donde sirvió como piloto; y por la pérdida de uno de sus hijos en la guerra de Vietnam. Pese a lo que pueda parecer, el actor bonachón nunca dejó de proyectar una imagen de normalidad y valores. Su historia sigue resonando en los pasillos de esta enorme residencia que fue hogar durante décadas y que ahora regresa al mercado como parte de la mitología hollywoodiense.