Una ciudad de ladrillos que cuenta su memoria: desde usos tradicionales de la arcilla hasta expresiones modernas que dialogan con el paisaje. El ladrillo ha sido protagonista en la evolución urbanística de la Sabana de Bogotá y ha forjado una identidad arquitectónica establecida por maestros como Rogelio Salmona y sus contemporáneos.
Orígenes y significado social del ladrillo en la región
“La historia del ladrillo es la historia social”, afirma Ilona Murcia, arquitecta experta en patrimonio. Habla de la explotación indígena, de la pobreza de migrantes campesinos, pero también de organización obrera y luchas por mejores condiciones. Tras la independencia, la producción continuó en manos de población indígena y campesina, ahora explotada por terratenientes y empresarios, y el ladrillo empezó a incorporarse en la autoconstrucción de viviendas en las laderas empobrecidas de la ciudad, en zonas como las que hoy son San Cristóbal, Usme o Ciudad Bolívar.
La combustión del arbusto permite alcanzar los 650 grados Celsius necesarios para cocer el barro. De esa combinación surgieron los chircales, fábricas artesanales de ladrillo que marcaron el paisaje y la economía de la Sabana de Bogotá. No fue, sin embargo, un material prehispánico de construcción. Aunque los muiscas tenían una amplia tradición alfarera, no usaron el ladrillo para edificar.

Del ladrillo tradicional a la modernidad orgánica
En 1934 nació la Sociedad Colombiana de Arquitectos, en 1936 la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, en 1946 la revista Proa, que se convirtió en “la ventana al mundo”. Allí se discutía la modernidad, el uso de referentes culturales propios y el valor del ladrillo como material tradicional y accesible. “Se reaccionaba contra una arquitectura racionalista que hacía lo mismo en Praga, México o Colombia”, explica Niño. Eso marcó la entrada al país de lo que en Argentina acuñaron como “modernidad apropiada”: la exploración de la arquitectura moderna con materiales, técnicas y referentes locales.
“Era un movimiento de arquitectura orgánica, integrada al paisaje, con materiales y formas locales”, añade Niño. En ese contexto emergió, en la segunda mitad del siglo, una generación de arquitectos que transformó Bogotá. Sanabria, Samper y, sobre todo, Salmona, entre otros, adoptaron el ladrillo como material para crear un “nuevo lenguaje” en la arquitectura bogotana, influenciados por su formación con Le Corbusier, entonces el máximo referente de la arquitectura mundial.
“Llegaron con el pensamiento modernista y se encontraron con raíces muy fuertes que comenzaron a explorar a través del ladrillo. Descubrieron que no tenía que obedecer al racionalismo, sino que podía dar forma a una arquitectura orgánica de gran belleza”, comenta María Elvira Madriñán, directora de la Fundación Rogelio Salmona.

Las Torres del Parque y el legado del ladrillo
Nacido en París en 1929, Salmona llegó a Bogotá con sus padres a finales de los años treinta, huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Estudió en la Universidad Nacional y luego trabajó en Europa durante 10 años en el taller de Le Corbusier. A su regreso, en 1958, inició una “búsqueda radical” con el ladrillo: no quería replicar estilos ni importar modelos, sino construir una arquitectura moderna con un lenguaje propio. Para ello aprendió de albañiles que llevaban décadas trabajando el material y desarrolló formas de uso poco convencionales, otorgándole un valor escultórico a sus obras. “No apilaba ladrillos, los tejía”, resume Niño, quien lo describe como “un virtuoso del ladrillo”, capaz de crear remates, calados, canales y despieces que dialogan con el concreto, el agua, la luz y los jardines.
La obra que lo ubicó en el mapa nacional e internacional fueron las célebres Torres del Parque: tres edificios de ladrillo que ascienden en espiral y parecerían enredarse con las icónicas montañas del borde nororiental del centro histórico de la ciudad. “Fue una osadía”, dice Madriñan, recordando la resistencia inicial de los promotores. Culminado en 1970, el proyecto es considerado una obra maestra por su uso del material, la riqueza de los detalles, la relación con el espacio público y su integración con el entorno.

Vivienda popular y desarrollo de barrios
La primera de una larga lista de proyectos incluye también la vivienda popular, con maestros como Salmona y otros como Hernán Vieco o Germán Pardo. Trabajaron para entidades como el Instituto de Crédito Territorial, la Caja de Vivienda Popular o cajas de compensación, dando origen a urbanizaciones como la Ciudadela Colsubsidio, el Conjunto El Polo o la Urbanización Timiza. “Fue un laboratorio para pensar cómo construir vivienda para personas rurales que llegaban a Bogotá y el ladrillo fue protagonista en eso”, indica.
Estas iniciativas se complementaron con programas de autoconstrucción promovidos en los años sesenta, que dieron origen a barrios como Los Laches o Las Colinas. El conocimiento adquirido por obreros en obras del norte se trasladó a sus propias casas. Al mismo tiempo, el ladrillo fue central en la vivienda de clase media, impulsada por créditos del Banco Central Hipotecario en barrios como Niza, Modelia o La Esmeralda. “El ladrillo iguala”, resume Murcia. “Es capaz de responder a las necesidades de todos. Es el corazón de la arquitectura bogotana”.

El ladrillo como memoria y presencia actual
Ese protagonismo continúa hoy. El ladrillo sigue presente en la arquitectura contemporánea, combinado con nuevos materiales y lenguajes. Mucho más que un simple material, es una pieza de memoria: de mitos fundacionales, trabajo explotado y organizado, de exploraciones arquitectónicas y de formas de habitar la ciudad. Está en obras emblemáticas, lujosos edificios, instituciones públicas y casas autoconstruidas. En Bogotá, el ladrillo sostiene una identidad urbana que, como el barro, es moldeada por quienes habitan la ciudad.
