Fortuny concibe sus piezas como obras de arte atemporales, al margen de la moda. No es un modista al uso, pues no se siente obligado por los ritmos que impone la industria parisina. Pionero en la reivindicación de la silueta natural femenina, su creación más conocida es el vestido Delphos, inspirado en la estatua El auriga de Delphos. Vestido Delphos en raso de seda plisado en color rojo. Con escote en pico en el delantero y la espalda y sin mangas. Va fruncido en la costura de los hombros y guarnecida con una aplicación de cordoncillo y cuentas de cristal de Murano. Este tipo de vestido con el tejido plisado y decorado con cuentas de cristal de Murano fue creado por Mariano Fortuny alrededor de 1907 y lo denominó Delphos.
Estaba inspirado en el chitón griego (utilizado hasta el siglo I a. C.) y como él, el Delphos estructuralmente es un simple rectángulo de tela que apoya en los hombros y cae libremente. Capa corta o capelina en gasa marquisette de seda verde pardo, con decoración vegetal estarcida en dorado. Debajo de esta, se dispone un forro de seda en color granate. Tanto la capa como la esclavina están bordeadas por un cordoncillo de seda del que penden cuentas cilíndricas de pasta vítrea en color azul. En gasa marquisette de seda fucsia con decoración, a base de motivos vegetales de inspiración persa, y estarcidos en dorado.
Vestido largo al tobillo en terciopelo de seda azul turquesa con decoración estarcida en color plateado formando motivos vegetales abstractos dispuestos en esquema simétrico. Tiene forro, suelto en el bajo, en tafetán de fibra sintética azul. Túnica beis con escote en forma de pico rematado con una cuenta de perfil cilíndrico color morado. En el borde inferior se disponen dos motivos decorativos que forman un ángulo recto. A ambos lados del escote y a la altura del pecho se coloca un motivo decorativo circular. Mariano Fortuny era hijo del pintor Mariano Fortuny y Cecilia Madrazo. Fue el primero que creó una prenda que liberaba el cuerpo femenino de toda sujeción, aunque muy pocas mujeres se atrevieron a llevarlos.
Su incorporación al mundo de la indumentaria fue desde el entorno del teatro, en el que diseñaba iluminación, escenografías y vestuario inspirado en modelos históricos. De terciopelo de seda verde, largo hasta la rodilla, con cuello de tirilla y queda ajustado al talle con un cinturón. Se cierra en el delantero por medio de botones, agrupados de dos en dos. Delphos en gros de Nápoles de seda plisada, color beis. Escote de pico tanto en delantero como en la espalda. Este vestido responde tipológicamente al denominado Delphos, creado por Mariano Fortuny. El Delphos está inspirado en el chitón griego, utilizado hasta el siglo I a. de C. Se caracteriza por su sencilla forma y confección, realizada con dos rectángulos de tela que apoyan en los hombros y caen libremente a lo largo del cuerpo, y se decoran las costuras con cordoncillo de seda y aplicación de cuentas en cristal de Murano.
Blusas, tipo Delphos, de seda plisada en color turquesa, violeta y gris. Estas prendas responden tipológicamente al denominado Delphos, creado por Mariano Fortuny. El Delphos está inspirado en el chitón griego, utilizado hasta el siglo I a. de C. Se caracteriza por su sencilla forma y confección, realizada con dos rectángulos de tela que apoyan en los hombros y caen libremente a lo largo del cuerpo; se decoran las costuras con cordoncillo de seda y aplicación de cuentas en cristal de Murano. Largo, en gasa de retorno de seda blanca, fruncido en los hombros y cerrado en el delantero por medio de dos cuentas blancas de pasta vítrea, con sus respectivas presillas. Está decorado por motivos vegetales y geométricos de inspiración copta estarcidos en dorado, que consisten, en el delantero, en un motivo vegetal perimetral ondulante en cuello abertura, y en el bajo, en dos rombos -uno a cada lado de una de las presillas-, y un motivo vegetal decorativo a la altura de los hombros que traspasa hasta la espalda. Largo, en gasa de retorno de seda negra, cerrado en el delantero con tres cuentas de pasta vítrea con sus respectivas presillas. Tiene aberturas laterales hasta la cadera. La espalda está también decorada con una banda perimetral en hombros, laterales, bajo y cuello, donde forma un pico. También tiene dos motivos de rosetón en la parte baja, idénticos a los delanteros.
Fortuny consigue conformar un lenguaje propio en el que coexiste su compromiso con el pasado y con la modernidad. Los elementos decorativos empleados en sus tejidos, inspirados en gran parte en el rico legado artístico familiar, que abarcaba diversos y variados períodos históricos, culturas y procedencias geográficas, fueron integrados de una manera tan personal que configuran una estética nueva e inconfundible. Las técnicas artesanales tradicionales son mejoradas con nuevos avances de la tecnología textil, con lo que contribuye a eliminar la tradicional distinción entre artes mayores y menores en su compromiso con la “obra de arte total”.

Figura masculina estante, con la cabeza diademada, en actitud de guiar un carro. El brazo derecho tiene una ligera inflexión a la altura de la cintura. Carece de brazo izquierdo. En ocasiones también se cerraba la tela desde el cuello a las muñecas para formar una suerte de mangas, con alfileres o botones. Además lleva bandas o correas alrededor de los brazos que cruzan en la espalda ajustando la túnica al cuerpo. Los pliegues marcados en la parte inferior recuerdan al fuste estriado de una columna. El chitón largo, llamado chitón poderes, se reservaba en el periodo clásico a ancianos, sacerdotes y aurigas. Se trataba de una túnica talar provista de mangas, fabricada en tela lujosa.
A finales del siglo XIX comienzan a surgir en toda Europa una serie de museos de “vaciados”, que pretendían, a través de reproducciones, generalmente en escayola, mostrar en otros países las obras cumbre de la estatuaria, en un primer momento clásica, pero pronto de otras partes del mundo o de diversas épocas. Uno de los formadores más importantes del momento fue Eugène Denis Arrondelle, que trabajaba para el Museo del Louvre. El Museo Nacional de Reproducciones Artísticas de Madrid le adquirió copias de algunos de las piezas más importantes del museo francés así como algunas de otros museos.
Esta escultura de bronce, dataría aproximadamente del 478 o 474 a. C. Pertenece a un conjunto que representa una cuadriga votiva, descubierta en 1896 en la vía Sacra de Delfos, y que conmemoraría la victoria de Polyzalos de Gela en los juegos píticos en honor a Apolo. El conjunto constaría originariamente de un carro tirado por cuatro caballos, el auriga y dos mozos de cuadra Se puede enmarcar dentro del estilo severo, y su atribución ha sido discutida, entre Pitágoras de la ciudad de Rhegion (originario de Samos), Critias o Kalamis.
Fortuny inicia su carrera como diseñador textil a través de las artes escénicas, campo en el que ya desarrollaba otras facetas. Realiza diseños para indumentaria, en seda, como para tapicerías, en sedas y algodones. Los primeros los trabaja en el taller del palacio Pesaro-Orfei y los segundos, en la fábrica de la isla de Giudecca, desde 1919. Fortuny crea sus propias fórmulas de tintes y pigmentos basándose en las técnicas antiguas de los maestros, otorgando a sus materiales un aura de auténtica antigüedad. Su reputación creció rápidamente. Las telas Fortuny se convirtieron en sinónimo de lujo discreto, y decoradores como Elsie de Wolfe o Madeleine Castaing las incorporaron a proyectos emblemáticos.
En 1927, Fortuny conoció a Elsie Lee McNeill, una diseñadora de interiores estadounidense que se enamoró de sus tejidos durante un viaje a Venecia. De regreso en Nueva York, Elsie abrió una tienda en el 509 de Madison Avenue, un establecimiento que se convirtió rápidamente en punto de referencia para decoradores y coleccionistas. Allí vendía tanto los tejidos como los vestidos de Fortuny, aplicando un ingenioso sistema para sortear impuestos sobre artículos de lujo: los vestidos llegaban sin terminar y eran ensamblados por modistas contratadas por ella. Mientras la firma prosperaba en Nueva York, la Gran Depresión amenazaba la estabilidad de las fábricas italianas en Orfei y Giudecca. La muerte de Fortuny en 1949 dejó un vacío: Henriette Negrin, esposa del artista, estaba exhausta y sin fuerzas para continuar al frente de Orfei y Giudecca, y confió a Elsie la dirección de la empresa. Elsie vendió su villa italiana para rehabilitar la fábrica y organizó su vida entre Venecia y Estados Unidos, gestionando personalmente la producción y la expansión internacional. Bajo su liderazgo, la empresa prosperó y sus telas y tejidos alcanzaron un reconocimiento global, llevándolos a proyectos de cine y televisión, así como a colaborar con diseñadores como Valentino, Dior o Rick Owens. A finales de los 80, la condesa convenció a su abogado y amigo Maged Riad para que tomara las riendas de Fortuny. En la actualidad, la producción de Fortuny sigue viva en Giudecca, donde los tejidos se elaboran a mano con las mismas técnicas secretas que Mariano ideó hace más de un siglo. La firma mantiene boutiques en ciudades como Nueva York, París y Londres, y sus telas siguen siendo protagonistas en proyectos de decoración e interiorismo, colaboraciones con diseñadores de alta costura y producciones culturales.
Pocas noticias en el mundo del arte suscitan tanta excitación como la aparición de una pintura de la que no se había tenido noticia o que se encontraba en paradero desconocido. Si en lugar de una, son seis las obras que de pronto salen a la luz, la cosa adquiere tintes de acontecimiento. Y aún más si su autor es Marià Fortuny (Reus, 1838- Roma, 1874), protagonista de una de las carreras más fulgurantes y exitosas del siglo XIX, el artista más cosmopolita y con mayor proyección de la pintura española de su tiempo, cuya carrera se vio truncada cuando tenía solo 36 años.
‘El patio de la Alberca en la Alhambra’ solo se había visto a través de una fotografía de su estudio. Nunca en color. Uno de ellos, que durante años ha traído de cabeza a los especialistas, era El patio de la Alberca en la Alhambra, una obra maestra de la que se conocía su existencia únicamente por una fotografía en la que aparecía inacabada, descansando sobre un caballete en el atelier romano. La imagen, en blanco y negro, fue tomada en 1873, un año antes de la muerte de Fortuny, y se sabe que en 1920 formó parte de una exposición en Londres.

La compró en 1a subasta su marchante Adolphe Goupil por 27.000 francos y cinco años después fue adquirida por el coleccionista W. H. Stewart. Luego se perdió el rastro y nunca más se supo. Hasta que, tras “una ardua y fatigosa investigación” detectivesca, el conservador del MNAC Francesc Quilez y la documentalista del museo Mireia Berenguer han dado con su actual propietario, un coleccionista inglés que mantiene el anonimato. Imagen tomada en el atelier de Marià Fortuny en Roma, en 1873, un año antes de la muerte del pintor. “Somos muy afortunados. Es una aportación muy relevante, cualquier especialista en Fortuny se habría dado con un canto en los dientes por un hallazgo así”, admite Quilez, que aún guarda varios ases bajo la manga.
Además de El patio de la Alberca en la Alhambra -la obra de mayor tamaño (121,92 x 170,18 cm) de las que pintó Fortuny durante su feliz estancia en Granada-, también han dado con el paradero de Almuerzo en un viejo convento en la Alhambra, de la que solo se tenía noticias por el dibujo que el pintor le envió en una carta al coleccionista José Domingo de Irureta Goyena, gran aficionado a su pintura. “Ambos compartían amistad y afición a las antigüedades y durante su estancia en Granada le enviaba dibujos de las pinturas que estaba haciendo, seguramente en señal de amistad y para que las conociera de primera mano”, explica el conservador. Se encuentra en una colección privada norteamericana y, como en el caso de la vista del patio de los Arrayanes, tampoco se disponía de una imagen en color, solo el pequeño dibujo y una fotografía publicada en 1875.
'Almuerzo en un viejo convento en la Alhambra. Quílez y Berenguer han escrito la biografía de las obras, sus vicisitudes y su continuo trasegar de propietario en propietario, hasta su destino actual. Las darán a conocer con detalle en una futura publicación que aparecerá en la revista científica de la UAB Locus Amoenus. Y habrá más sorpresas. 'El jardín de los poetas', una de las que más fama le reportó en vida, fue ofrecida al Museo de Barcelona, en 1925, por 500.000 pesetas pero su adquisición fue desestimada.
La realización de varias versiones de una misma obra era una práctica habitual en Fortuny, que en varias ocasiones repitió una o dos veces algunas de sus composiciones más exitosas. Muchos clientes las veían y le pedían una idéntica”, señala Quílez. El propio Fortuny, le confesó al hispanista Jean-Charles Davillier: “Comienzo ya a estar un poco cansado (moralmente) del género de arte y cuadros que el éxito me ha impuesto y que (entre nosotros) no son la verdadera expresión de mi género de talento”.
Rastreando las huellas de los cuadros perdidos de Fortuny, Quílez y Berenguer han llamado a las puertas de coleccionistas de medio mundo, de Londres a Nueva York, pero por paradójico que resulte las pesquisas también han dado sus frutos entre los de Barcelona. Ni una ni otra pudieron ser localizadas para la gran exposición Fortuny del MNAC en 2003 ni para la más reciente del Prado en 2017. La primera fue adquirida por la esposa del escritor Jacques Normand en la venta del atelier y en cuanto al Afilador, la compró Carlos González de Candamo, que fue ministro plenipotenciario de Perú, en París y uno de los firmantes del Tratado de Versalles, en representación de los países latinoamericanos. Después de diversas vicisitudes, la pintura se puso a la venta en las Galerías Layetanas, el año 1935 y fue adquirida por un coleccionista barcelonés. Quedan muchas más por descubrir, algunas ya irrecuperables como la emblemática, El jardín de los poetas, una de las que más fama le dio en vida, por la que se llegó a pagar 90.000 francos, cifra jamás antes alcanzada por un pintor moderno, que fue destruida por un incendio.
El Museu Nacional d'Art de Catalunya conserva la colección más importante de obras del artista Marià Fortuny i Marsal (1838-1874). Se trata de un conjunto patrimonial formado por un número cercano a las 2000 producciones, entre pinturas, dibujos y grabados. Uno de los objetivos estratégicos de la institución ha sido el de desarrollar una política expositiva y patrimonial para poner en valor y difundir la colección Fortuny. En los últimos años, a partir de una programación de exposiciones temporales, se ha podido dar a conocer una parte importante de este rico repertorio visual. La implicación de la institución en las actividades del año Fortuny es absoluta y será determinante para lograr buena parte de los objetivos que se persiguen en esta conmemoración.