La adolescencia, según la OMS, es el período de crecimiento que oscila entre los 10 y los 19 años. El aislamiento social durante este período puede traer consecuencias en su desarrollo. Ya, durante la infancia, comienzan a establecerse las primeras habilidades sociales mediante la interacción con otros niños y la observación. Durante esta primera etapa son los padres y la familia cercana la que actúa como medida de aprendizaje. Esta mejora en el procesamiento de la información y conocimiento de sus propias habilidades fomentan la autoestima. Comunicación: la capacidad que tiene el adolescente para expresar sus ideas, emociones y peticiones de forma correcta. Depresión o apatía. Miedo a salir a la calle. La creación de unos protocolos de higiene y seguridad estrictos, además, de todas las noticias que se han estado escuchando durante el confinamiento sobre la capacidad de contagio del virus, incrementan la ansiedad al salir a la calle y el miedo a poderse infectar. Sentirse incomprendidos. En este período, el grupo de amigos es el principal apoyo del adolescente, generalmente, se siente incomprendido por su familia y rechaza su ayuda. La pandemia de la Covid-19 representa un gran desafío tanto para pequeños, adolescentes como adultos. En todo el mundo, una amenaza invisible aumenta el riesgo de enfermedad, acortando vidas y deshilachando el tejido de nuestras comunidades. La desconexión social -cuando una persona carece de suficiente contacto social, no se siente apoyada en sus relaciones o experimenta vínculos negativos o tensos- es un peligro cada vez más grave, pero a menudo olvidado, para la salud y el bienestar. Existen varias formas de desconexión social, entre ellas la soledad y el aislamiento social. En la actualidad, casi una de cada seis personas a escala mundial afirma sentirse sola. Entre los adolescentes y los adultos jóvenes, así como entre las personas que viven en países de renta baja, la tasa es aún mayor. Pero la soledad y el aislamiento social no son solo estados emocionales, también pueden ser letales. Entre 2014 y 2019, la soledad se asoció a más de 871 000 muertes anuales, lo que equivale a 100 muertes por hora. Ahora tenemos pruebas irrefutables de que la salud social -nuestra capacidad para establecer y mantener vínculos humanos positivos- es tan esencial para nuestro bienestar como la salud física y mental. Sin embargo, se ha desatendido durante demasiado tiempo en los sistemas de salud y entre los responsables políticos.
El informe de la Comisión de la OMS sobre Conexión Social llega un mes después de que la Asamblea Mundial de la Salud adoptara la primera resolución sobre conexión social. El informe constituye un punto de inflexión en esta grave amenaza para la salud mundial y pone de relieve la necesidad de un liderazgo y una acción decisivos. El informe de la Comisión traza un camino claro con estrategias basadas en la evidencia para revertir esa lacra y reforzar los vínculos que permiten prosperar a las personas y las sociedades. Los seres humanos estamos predispuestos a las conexiones humanas. Desde los primeros años de vida, las relaciones moldean nuestro cerebro, nuestras emociones y nuestras posibilidades de llevar una vida saludable. Por el contrario, la desconexión, ya sea por soledad o por aislamiento social, puede tener efectos devastadores: aumenta el riesgo de cardiopatías, accidentes cerebrovasculares, depresión, ansiedad, demencia y muerte prematura. También puede dar lugar a un bajo rendimiento escolar y laboral, y suponer un coste de miles de millones al año a las economías y sociedades.
Pero la buena noticia es que existen soluciones. El informe de la Comisión presenta intervenciones eficaces, desde políticas nacionales y programas comunitarios hasta campañas y estrategias de apoyo a las personas. Asimismo, pone de relieve distintos ejemplos de resultados notables: el apoyo entre pares para las personas mayores con bajos ingresos en Sudáfrica; la «prescripción social» de actividades para adultos mayores en la República de Corea, como la narración de cuentos a través de música, la jardinería y los grupos de autoayuda; la integración de la conexión social en una política de desarrollo más amplia en Djibouti; su incorporación como parte de las políticas de envejecimiento en Albania y de la política de salud mental en España; el establecimiento de estrategias nacionales específicas en países como Alemania, Dinamarca, Finlandia, el Japón, los Países Bajos y Suecia; y campañas para fomentar pequeños actos de bondad en Australia, los Estados Unidos y Gran Bretaña. Hacemos un llamamiento a todos los países para que den prioridad a la conexión social. No se trata solo de la salud y el bienestar de las personas. La conexión social también es una piedra angular de la prosperidad económica, la resiliencia nacional y la cohesión social. Las sociedades que fomentan la confianza y la conexión son más innovadoras, más seguras y más capaces de responder a las crisis. La pandemia de COVID-19 puso de manifiesto esta realidad. Cuando los confinamientos forzaron la separación física, la necesidad humana de conexión se hizo evidente, y también los costes de su ausencia.
La Comisión de la OMS propone una hoja de ruta mundial basada en cinco pilares fundamentales: políticas, investigación, intervenciones, medición y compromiso. Las acciones clave que propone son las siguientes: poner en marcha políticas nacionales que integren la conexión social en los programas de salud, educación y trabajo; invertir en investigación para comprender mejor qué funciona; ampliar las intervenciones culturalmente pertinentes y costoeficaces; recopilar mejores datos para hacer un seguimiento del problema y medir los avances; y crear un movimiento mundial para cambiar las actitudes y reducir la estigmatización. Es fundamental que este movimiento incluya las voces de quienes han sufrido el dolor de la soledad y el aislamiento social, ya que son los que comprenden cómo deben ser las soluciones reales.
Como líderes, no podemos permitirnos permanecer pasivos. Cada día que retrasamos la acción es un día más de potencial perdido, sufrimiento innecesario y muertes evitables. Pero si actuamos con valentía, de forma colaborativa y compasiva, y a gran escala, podemos construir sociedades más saludables, más conectadas y más resilientes. La salud social no es un lujo. Es una necesidad humana. Y ahora, más que nunca, debe ser una prioridad política. El Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus es Director General de la Organización Mundial de la Salud; la Sra. Chido Mpemba es Copresidenta de la Comisión de la OMS sobre Conexión Social, Asesora sobre Juventud y Mujeres del Presidente de la Unión Africana; el Dr. Sra. Dr. Autor: Víctor González Ayuso. Psicólogo investigador. La soledad no deseada es un problema social que genera sufrimiento, dificulta la participación en la sociedad y repercute de forma negativa en múltiples aspectos de la vida de las personas. El sentimiento de soledad experimentado de forma duradera es un factor que sirve para predecir malos resultados en la salud tanto mental como física. Asociándose a un aumento de las tasas de morbilidad y mortalidad.
Las investigaciones se han centrado principalmente en la soledad de las personas mayores y adolescentes, pero la tendencia en los últimos años está cambiando hacia las personas con problemas de salud mental. La sintomatología, factor más estudiado en relación con la calidad de vida, se ha demostrado que por si sólo no es suficiente para explicarla y depende de otros factores clínicos, demográficos y psicosociales relevantes. Asocian la palabra a la falta de conexión con el entorno y a no sentirse conectados con los demás, es decir, poseen la sensación de estar en compañía de los demás, pero incapaces de poder conectar emocionalmente con el resto de las personas. Un elemento clave es el impacto negativo del estigma en relación con los problemas de salud mental. Un mecanismo para evitar hacer frente a un problema es el retraimiento social y el enmascaramiento. En conclusión, la soledad a largo plazo puede generar problemas tanto en la salud mental como física de las personas con problemas de salud mental.

Impacto de la desconexión social en adolescentes y jóvenes
La desconexión social es un gran problema en la sociedad moderna. En 2018, Cigna encuestó a 20,000 adultos estadounidenses. Casi la mitad de los encuestados informaron que a veces o siempre se sienten solos (46%) o excluidos (47%). La pandemia de COVID-19 solo ha empeorado el problema: muchas oficinas siguen cerradas, se desaconsejan las reuniones en grupos grandes y se desaconseja viajar. La mayoría de las personas tienen mucha menos interacción social de la que están acostumbradas. Es normal sentirse solo a veces. Pero la soledad crónica tiene un grave impacto negativo en la salud física y mental.
Nuestra necesidad de relaciones de calidad se remonta a los primeros humanos y a nuestras sociedades de cazadores-recolectores: los grupos dependían unos de otros y nadie podía sobrevivir por sí solo. Incluso hoy, desde bebés y durante la infancia, la supervivencia humana depende del apego a los cuidadores. Todos tenemos una red cerebral social especializada que gestiona nuestras relaciones sociales e interacciones con los demás. Los primates (monos) tienen una red cerebral similar. Los sentimientos de soledad a menudo se ignoran, pero los escáneres cerebrales han demostrado que experiencias como ser rechazado por una comunidad, ser excluido y sentirse aislado activan las mismas áreas del cerebro que responden al dolor físico. Esto pone al cerebro en un estado de hiperalerta para prepararse para el peligro, pero puede conducir a errores de pensamiento social que nos hacen malinterpretar la información que recibimos.
Relación entre soledad y salud mental
La soledad se ha asociado con diversos problemas de salud mental. Depresión: Existe una fuerte relación entre la soledad y la depresión. Psicosis: La conexión entre la soledad y la psicosis no está tan bien estudiada, aunque parece existir una conexión significativa. Uso de sustancias: El abuso de sustancias es frecuente en personas que sufren soledad o aislamiento crónicos; es común adormecer los sentimientos dolorosos con alcohol u otras drogas. Los estudios sobre la interacción social y la salud mental muestran una relación entre la soledad y las enfermedades mentales.
El impacto de la pandemia en la salud mental y vida social | Sana Mente
Cómo reducir la soledad: enfoques prácticos y terapéuticos
Considere el servicio comunitario o el voluntariado. Si te encuentras en situación de exclusión social o aislamiento, podrías sentir que no tienes propósito ni valor. Contribuir a tu comunidad puede darle más sentido a tu vida y probablemente conocerás a personas con ideas afines con las que conectar. Trabajar para aliviar el estrés. Cuando nos sentimos solos, nuestro cuerpo produce más cortisol, la hormona del estrés, y sentimos el estrés con mayor intensidad. Los obstáculos cotidianos probablemente tendrán un mayor impacto emocional en quienes no cuentan con un fuerte apoyo social. Espere lo mejor de la gente. Dado que la soledad puede alterar tu forma de pensar, es común anticipar que las interacciones sociales no saldrán bien. Centrarse en las relaciones de calidad. No todas las interacciones resultan en una amistad; es normal.
Enfoques terapéuticos que han mostrado eficacia para disminuir la soledad y mejorar la calidad de las interacciones sociales incluyen estrategias de la Terapia cognitivo-conductual (TCC) y de Mindfulness. El entrenamiento en habilidades sociales ha demostrado ser una estrategia eficaz para fortalecer la calidad de las interacciones interpersonales. Desarrollar una actitud de aceptación hacia las experiencias internas en el momento presente constituye un mecanismo fundamental para mitigar los efectos negativos asociados al sentimiento de soledad. Cognitive Behavioral Therapy Los Angeles. Donovan, N. J., & Blazer, D. (2020). Social isolation and loneliness in older adults: Review and commentary of a National Academies report. American Journal of Geriatric Psychiatry. Mindfulness training reduces loneliness and increases social contact en un trial aleatorio. PNAS (Lindsay et al., 2019).

Datos y perspectivas psicológicas sobre la conexión social
La soledad y el aislamiento impactan a nivel cognitivo, neuroendocrino e inmunitario. A nivel cognitivo se ha mostrado que personas en soledad obtienen peores resultados en pruebas aritméticas y de asociación de palabras, con mayor riesgo de deterioro cognitivo relacionado con la edad. A nivel neuroendocrino se ha objetivado un aumento de la noradrenalina y de cortisol ante el estrés. A nivel inmunitario, la mayor noradrenalina podría estimular células madre sanguíneas con expresión de genes inflamatorios y disminución de genes antivirales. En suma, vivir con buenas relaciones sociales sostiene la salud física y psicológica integral.
La OMS y otras entidades destacan que la salud social es clave para la prosperidad y la resiliencia. La pandemia puso en evidencia que la desconexión social tiene costos altos para la salud y la economía, y que las políticas deben incorporar la conexión social como componente central de los sistemas de salud, educación y trabajo. Se proponen cinco pilares: políticas, investigación, intervenciones, medición y compromiso. Las acciones incluyen políticas nacionales integrando la conexión social, inversión en investigación, intervención culturalmente pertinente, recopilación de datos y creación de un movimiento global para cambiar actitudes y reducir estigmatización.

Notas finales para leer con rigor
La evidencia señala que la soledad y el aislamiento social aumentan riesgos de ansiedad y depresión, entre otros trastornos. Sin embargo, también hay recursos y estrategias que pueden fortalecer el funcionamiento psicológico positivo (FPP), entendido como la implementación de recursos saludables para afrontar la adversidad. El FPP incluye dimensiones como autoestima, autonomía, propósito vital, optimismo/disfrute, curiosidad, humor y dominio del entorno, y guarda correlación positiva con la salud física y psicológica. En contextos de pandemia, evaluar el FPP y fomentar prácticas que fortalezcan las redes de apoyo social puede servir de protección ante el malestar psicológico y los síntomas psicopatológicos.
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